hasta siempre, Arturo Corcuera

El Hombre Que Amaba a los Perros /                         La historia que jaqueó mi vida

COLLAGE de Rosina Valcárcel

Al compañero Rolando

(Al compañero Rolando)

Publicado: 2017-08-10


En abril del 2012 volví a México, por tercera vez, para un Encuentro de escritores y artistas en Hidalgo. Luego, en el D.F. el compañero antropólogo Ricardo Melgar Bao nos invitó al pintor Carlos Ostolaza y a esta aprendiz de cronista al Museo público Trotski de la ciudad de México en honor al reconocido personaje ruso. Fuimos en una mañana agradable. El centro del complejo es la casa en la que vivió con su querida Natalia Sedova por quince meses y donde fue vilmente asesinado. También consta de la zona del jardín y las paredes exteriores con instalaciones de guardias, todo esto en una tranquila zona residencial cerca al arroyo que corría paralelo al río Churubusco. Sin embargo, no imaginé el impacto que iba a vivir tras dos horas de recorrido, sigilos, paradas, plática. Nos retiramos en silencio, y en el primer café-bar bebimos copas de tequila e intentamos reflexiones. Traje a Lima recuerdos imborrables y algunas postales que entregué a mi amiga Diana Miloslavich y al poeta Juan Carlos Lázaro. Días después, Ricardo nos envió fotos virtuales que no pude imprimir y giran en el ciberespacio.

En navidad del 2011 recibí como obsequio el libro El hombre que amaba a los perros (Argentina, 2010), de Leonardo Padura. Con esta dedicatoria:

Mi querida Rosina: Hace tiempo que no leía una novela de un tirón, por eso esta te la recomiendo fundamentalmente, tanto por lo apasionante del tema, como por los escenarios, que seguramente te traerán recuerdos. Con un abrazo muy fuerte, Víctor (Base Naval del Callao, diciembre de 2011)*/ Abrazos especiales para nuestro pintor".

Emocionada, traté de leerla de inmediato, pero al llegar a la página veinte me detuve. No estaba preparada, sin duda. El año 2016, el médico Alfonso M. Fernández, por algún motivo importante, me dio un paquete bello envuelto por la librería SUR. En casa lo abrí y se trataba de la misma obra. Quedé complacida y pensando: ¿Qué señales son estas?, ¿qué mensajes encierran? Probé retomar la lectura, avancé hasta la página cuarenta, y me sucedió algo similar. Frustrada abandoné el intento. Como se avecinaba el cumpleaños de EA., a quien consideré “el buen amigo del año”, opté por darle como regalo un ejemplar del libro en cuestión: la novela reveladora y de primer orden sobre la vida del asesino de Trotski.

Hace poco me enteré que Padura estaba invitado a la Feria Internacional del Libro de Lima. Pensé: ahora es la ocasión de leer la obra e ir a saludarlo. Hice de tripas corazón y de modo disciplinado asumí la tarea. Por las mañanas me sentaba en un sillón de la sala bajo la luz grata de la calle o por las tardes bajo la luz leve de una ventanita o en la noche bajo la lucecita muy tenue de mi lámpara artesanal. Hasta que terminé la lectura el lunes 7 a las 11 de la mañana. Mas el libro fue demasiado para mí. Sentí que me habían partido el cráneo, que me habían fracturado los huesos, que había explotado mi pelvis. Yo desde niña creí en la Revolución. Desde puber creí en la Revolución Bolchevique, desde adolescente creí en la Revolución Cubana. Luego en las Guerrillas del MIR y del ELN durante los años 60... Abracé a la Nueva Izquierda en el año 1970 y milité a partir de 1976. Y la lectura de la obra de Paduro fue demasiado para mí.

Mientras devoraba las páginas apasionantes de acción y reflexión, mi corazón latía como un volcán. Me hallaba ante una novela asombrosa tanto en el sentido artístico como por ser una señal de las meditaciones abiertas en la isla sobre el futuro de la revolución cubana. El hombre que amaba a los perros, la novela famosa del destacado escritor cubano Leonardo Padura, cuenta tres historias (en realidad tres novelas en una) que se entretejen de forma sorprendente, dramática y trágica. La historia de Iván, un cubano cuyas pretensiones literarias e ideales revolucionarios se ven desbaratados por la burocracia, el totalitarismo, la crisis económica que apaleó la isla en la década de los 90, tras el desplome del estalinismo, y una ortodoxia dogmática y sin vida que sofoca todo brío y sume a Iván en el abismo de la tristeza y el desaliento. Iván conoce en la playa a un hombre oculto que, a con excusa del amor por los perros que ambos comparten, le narra la vida criminal de Ramón Mercader del Río –desde su cooptación por el estalinismo, su trato edípico con Caridad Mercader, su madre, su vida gris tras el asesinato de Trotski y sus días últimos en la Cuba posrevolucionaria-, la existencia de un hombre que es automatizado, fanatizado y transformado en una máquina sin nombre, sin pasado, al servicio del artero Stalin. La novela también describe la lucha de Trotski en contra del estalinismo desde su expatriación en Turquía, su travesía por Francia y Noruega, su estancia en México y su asesinato feroz. Las tres historias se vinculan tanto por su trágico final como por el afecto hacia los perros que articula a los tres personajes. Con una tensión dramática original se representa el exterminio por la atroz noria estalinista de los arquitectos de la revolución rusa, los compañeros de Lenin, de la familia de Trotski, sus copartícipes, millones de seres humanos condenados al exilio siberiano y a la muerte; la traición forjada por el estalinismo de la revolución española, y la brutal despersonificación, fanatismo y alienación que envileció a la quimera revolucionaria. El autor se propone recapacitar “la perversión de la gran utopía del siglo XX” y su relación con algunos acontecimientos en Cuba. Padura alza una reflexión propicia. Si bien esta obra debe ser calificada por sus méritos artísticos propios, el objetivo que se propone el escritor con su libro es en sí mismo un objetivo político, ello faculta a hacer algunas cavilaciones sobre dicho contenido. El autor ve con simpatía a León Trotski, pero se trata de la misma simpatía de aquel (aquella) que ve a un especie de Don Quijote heroico al desafiar vanamente grandes molinos de viento, molinos que se nutren con sangre, con cuerpos humanos y sueños desgajados. Para Padura, la lucha de Trotski era un tanto estéril porque la revolución estaba muerta como caída estaría la revolución cubana (Iván es una suerte de proyección de la consternación política del propio autor).

El literato ve con sentimiento escéptico lo que tal vez sea la principal lección que el pensamiento de Trotski tiene para la revolución cubana: la revolución burocratizada debe ser rescatada mediante la democracia obrera, la extensión internacional de la revolución y la preservación de la economía planificada. En contraste con ello, Padura hace decir a Trotski novelesco lo contrario de lo que en realidad defendió, modificando a ratos a Trotski casi en un muñeco de ventrílocuo de las opiniones políticas del autor; así por ejemplo Padura hace pensar a Trotski: “Habría que admitir (…) que la URSS no había sido más que la precursora de un nuevo sistema de explotación y que su estructura política tenía que engendrar, inevitablemente, una nueva dictadura, si acaso adornada con otra retórica”. Para Padura, la revolución cubana es casi un cadáver que difícilmente puede ser restablecido.

Debemos reclamar, que esta obra debe ser juzgada por sus formidables méritos literarios y como tal es absolutamente recomendable. Como suceso sintomático la obra es significativa también porque muestra la discusión y la polémica exaltada en torno al futuro de la revolución cubana que se ha abierto en la isla, el interés creciente por las ideas de Liev Trotski (interés en el cual la Corriente Marxista Internacional ha tratado de llenar por medio de la difusión pionera de la obra de Trotski) de aquellos que intentan (intentamos) salvaguardar la heroica revolución cubana. El hombre que amaba a los perros revela a esta creciente polémica y que, además de ser una obra artística que alcanza la atención del lector, puede generar interés por leer de manera directa la obra de este gran revolucionario cuyas lecciones (la democracia obrera, el internacionalismo proletario, entre muchas otras ideas) son más necesarias que antes para preservar a la revolución cubana y encaminarla por las sendas del legítimo marxismo, de la revolución real. Tenemos que hacer la limpieza necesaria y recomenzar la historia, pienso, siento, creo.

CODA

Liev Davídovich Trotski en su casa-fortaleza de Coyoacán, en agosto de 1940, en México DF, concluía un libro sobre Stalin, que dejó inacabado; incluso la introducción: "La primera cualidad de Stalin era una actitud despectiva hacia las ideas. La idea había...", y ahí se quedó, pues como es sabido el 20 de agosto un tal Frank Jacson o Jacques Mornard, en realidad el comunista español Ramón Mercader del Río, le asesinó clavándole en la cabeza un piolet (Padura) o un zapapico (según Julián Gorkin, autor del muy célebre, por razones que ahora no hacen al caso, Cómo asesinó Stalin a Trotski).

Me detengo en Gorkin: en la contracubierta de una edición barata de 1965, se escribe: "...la obra es una verdadera novela de acción, cuya base real hace más dramática esta historia". Esta historia, el asesinato de Trotski, es lo que cuenta Leonardo Padura, autor de una estimable serie policiaca, en la que radiografía moralmente -quédense con el adverbioCuba. El hombre que amaba a los perros es, sí, el relato pormenorizado del asesinato de Trotski, contado con gran nervio narrativo -es en sí misma una apasionante novela de lealtades u obediencias: no es lo mismo; y traiciones, y también, claro, una película: la hizo Losey en 1972-; es también una pormenorizada reconstrucción de los últimos años de la vida errante de Trotski, presintiendo que Stalin lo alcanzaría; y es, por último, la historia de un joven cubano, Iván, para quien la vida es un callejón sin salida y que conoce en 1977, en una playa, a un hombre que amaba a los perros, que pasea dos viejos galgos rusos, dos borzois, esos animales que tanto amó -también- Trotski, como ama -también- el cubano a los perros en general. Ese misterioso español, enfermo y abandonado, le confía su secreto; el lector ya lo adivina enseguida, Iván tarda más: es Ramón Mercader, quien falleció en Cuba en 1978. Los perros, pues, con una insistencia que a mí no me acaba de convencer, unirán las tres historias y con las tres Padura ha escrito una ambiciosa novela, que se lee con mucho interés, aunque tal vez se hubiera beneficiado con una mayor capacidad de síntesis. La parte del Trotski huyendo es muy prolija, como si Padura no hubiera acertado al manejar la mucha documentación; la parte de Mercader no se libra tampoco de un exceso de datos, aunque es la que mejor fluye; y, por fin, la parte cubana, con la que Padura está comprometido moralmente, es por sí misma una novela: es acertado ese "efecto mariposa" de la utopía socialista y cómo aquella barbarie estalinista acaba, tantos años después, tantos sueños rotos después, tanta sangre derramada después, perjudicando las vidas anónimas como las de Iván o Ana, su mujer, también ella amaba a los perros. El único pero, pues, aunque estructural, que cabría hacer, es este, que nos da seiscientas páginas, donde caben tres novelas, y el total se resiente algo. En cambio, la ambición se le reconoce”. (Goñi dixit).

Aunque la historia misma de Trotski y Mercader es conocida y repudiable, por supuesto, mi lectura de mujer, militante; poeta; hija de exiliado (Gustavo Valcárcel);  ha querido entretejer mis contradicciones y reacciones, que no son las mismas de otros lectores. Esta mañana me iré a una estrella donde tal vez no haya razones para sufrir temores y hasta podamos alegrarnos por sentir compasión.


C/f: 

 LEONARDO PADURA. El hombre que amaba a los perros. Colección Andanzas. TusQuets, Buenos Aires, 2009. 573 pp.

--DAVID GARCÍA COLÍN CARRILLO. Crítica de Libros: El hombre que amaba a los perros.  6 de julio de 2010. Militante. México. 

---JAVIER GOÑI. Crítica el libro de la semana. El grito de Trotski, 5 Septiembre, 2009. El País de España.

Lima, 10-11 de agosto de 2017

(Gracias por tu lectura atenta Charo Arroyo. Gracias por tus palabras Paco Espinoza).


Escrito por

Rosina Valcárcel Carnero

Lima, 1947. Escritora. Estudió antropología en San Marcos. Libros diversos. Incluida en antologías, blogs, revista redacción popular, etc.


Publicado en

estrella cristal

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