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Creación de las aves de Remedios Varo

Comentario de Alfonso Mendoza F. sobre el libro 'Loca como las aves', de Rosina Valcárcel

Poesía

…en la agonía crezco como el río esmeralda, en el agua prodigiosa, irreversible, cristalina…

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Publicado: 2018-01-05


El poemario, Loca como las aves, Lima, Arteidea, 1995,  que nos ofrece Rosina es, como bien apunta Antonio Cornejo Polar, un libro conmovedor. Tras la pureza y perfección de sus versos se advierte un eco lejano del sufrimiento que le dio el tono. Rosina ha amado intensamente. La violencia intrínseca del amor pasión ha conducido a esas altas cumbres en las que la exaltación del ser tiene mucho de éxtasis, pero también la ha arrojado a los abismos, a esas zonas profundas de sí misma en las que se pierde la calma y la seguridad racional y en las que se teme perder la individualidad y se acepta perderse en el otro y vivir para el otro. 

En su agonía amorosa, Rosina ha descendido a aquellos estratos del ser donde moran los “demonios”. Se ha dejado llevar por Eros y durante un cierto tiempo –tal vez vivido como una eternidad─, lo demoníaco se ha posesionado de ella. Rosina ha tenido que batallar con la frustración, la hostilidad, el deseo desmedido de poder, con el miedo a la locura o a la muerte, sentimientos que, a veces, vencidas las barreras de la represión, se proyectan en los otros.

Pero desde los griegos sabemos que lo demoníaco puede ser unas veces fuente de creación y otras de destrucción, y, con frecuencia, de ambas a la vez. En su vertiente positiva es también expresión de la necesidad de afirmarse, de perpetuarse y de crecer. Platón creía que la creatividad tenía que ver con esos demonios y que en la persona creativa se daba una suerte de “divina locura”. En verdad, uno aspira a vivir en relativa armonía con sus propios demonios, con sus impulsos, pues ellos encarnan la vitalidad y las posibilidades de expansión de nuestro ser. Mas lo difícil es canalizarlos, integrarlos. Esa es la meta de la psicoterapia. Tal vez por ello Rilke no quiso someterse a esta, temeroso de que si sus demonios lo dejaran, quizás también sus ángeles se echaran a volar. Y hallamos sentido a los versos de Yeats cuando escribe: “…en mi corazón los demonios y los dioses/sostienen una eterna batalla”.

Rollo May sostiene que el arte es la vía para conocer aquellos aspectos oscuros, destructivos, horribles de sí mismo que forman parte de lo demoníaco. Picasso, dice, vivió y pintó nutriéndose de sus demonios: los seres fragmentados y desplazados de su Guernica nos hablan de ello, y de cómo el artista trascendió lo demoníaco dándole una forma significativa.

Pero, volvamos al amor. Si el amor intenso nos transporta, perturba nuestro yo, lo amplifica, lo torna casi delirante, es también verdad que el temor de perder ese estado, la incertidumbre de la permanencia del vínculo amoroso puede provocar un sentimiento igualmente profundo de ansiedad, un agudo temor a la separación, un sentimiento de desamparo que nos hace conscientes de nuestra fragilidad. Y nadie está libre de ello. Amar no solo significa abrirnos a lo mejor de nosotros mismos, a la actualización de nuestras potencialidades, a la alegría en la relación con la otra persona, sino también al infortunio, a la tristeza. En ello reside el sentido trágico del amor.

Cuán cierto es que el más intenso goce se acompaña de la conciencia de la posible muerte de ese goce, tal vez de uno mismo. En todo caso nos percatamos de la amenaza de aniquilación total. Pero también en ese aspecto trágico del amor es que adquirimos una conciencia más plena de nosotros mismos, y ese autoconocimiento no solo nos hace espiritualmente más ricos, más nobles, sino que también amplía nuestra comprensión del prójimo y nuestra capacidad de amar.

Hay en la obra de Rosina el reflejo de experiencias que la han marcado a fuego. Se percibe en ella la necesidad de elaborar sentimientos desgarradores, que turbaron su alma sensible, liberaron sus demonios y la condujeron a ese estado de confusión y desvalimiento que configuran la vertiente trágica del amor. Hay quienes emergen de esas crisis con una mirada cargada de odio, de desencanto y, a veces, de indiferencia o de cinismo, que acaso sea lo peor. Pero Rosina es artista, y se salva gracias a la magia de su poesía. El rocío de la palabra viva derrota a Don Oscuro y nuestra poeta, invencible, vuelve a cantar a las aves, a las flores, a la amistad, a la esperanza, transformando sus lágrimas y su rabia en una hermosa ofrenda poética: “…en la agonía crezco como el río esmeralda, en el agua prodigiosa, irreversible, cristalina…”.

De las zonas caóticas de su ser, de la morada de Mephisto, surge la Rosina esplendorosa, la amiga leal, la cuestionadora incesante del mundo que la rodea y que anhela cambiar, justamente porque ahora ama todavía más intensamente; porque, decantado el sufrimiento, vemos en ella las aguas calmadas, azulinas, que se desbordan y se transfiguran en cantos de ensueño, y la oscuridad cede el paso a la claridad, la tristeza a la alegría; el acto innoble a la generosidad sin límites; la traición a la lealtad; en suma vemos como el eros triunfa sobre el tánatos, integrándolo en una obra de creación.

En ese momento, Rosina puede sentirse satisfecha. Qué terrible legado el que recibió. Hija de un poeta extraordinario y de una mujer admirable, tuvo el marco familiar adecuado para el florecimiento de su élan poético, pero también la imperiosa necesidad de forjarse un nombre propio, sin dejar de ser leal a quienes la crearon y de quienes heredó su inquebrantable fe en la libertad y su romance eterno con el socialismo.

En los veinte años que conozco a Rosina, que ha querido honrarme con su amistad, he aprendido mucho de ella. La he imaginado, muy pequeña, exiliada con sus padres en tierras mexicanas, jugando y dialogando “con el arcoíris de sus sueños de fuego”. A temprana edad, cuando únicamente contaba con tres años y medio y una muñeca, soñaba ya con ser un ave, y aprendía en carne propia lo que significa la lejanía de lo amado, pero también la solidaridad con los deportados y el ansia infinita de libertad. La he imaginado contemplando, con sus grandes y bellos ojos, los encantos de los frondosos bosques y el sufrimiento de los pobres. La he imaginado, joven sanmarquina, fustigando en calles y plazas la indiferencia de los poderosos. La he visto, como la madre gorkiana, acogiendo, consolando y fortaleciendo a quienes, desterrados en su propio país, padecían hambre y sed de justicia. La he visto llorando de impotencia… su dolor, sus lágrimas, su indignación ante las injusticias, su cordura, su ternura, su coraje y su amor a la libertad están en estas páginas. Pero, sus versos no son solo aladas y palpitantes metáforas que nos reconcilian con la verdad, con la belleza. En ellos no solo está Rosina. Poeta comprometida, feminista y socialista, hay en sus poemas algo de George Sand, de Flora Tristán, de Frida Kahlo, como también de la intensidad humana de Vallejo, de su mismo padre y de la dulzura andina de Arguedas.

Cada palabra, cada línea de sus versos ha sido como una herida en su ser. Pero también de las mujeres y hombres de la época en que vivimos, en la que son más difíciles de resolver los dilemas humanos. “Los dioses no estando ya, y no estando Cristo todavía, hubo, de Cicerón a Marco Aurelio, un momento único donde el hombre estuvo solo”. Margarita Yourcenar ha recogido esta frase de Flaubert que le inspiró sus Memorias de Adriano. Y nuestra época, ¿no se anuncia como la del fin de los paradigmas? ¿Qué conflictos, qué temores subyacen en el inconsciente colectivo, aquí, ahora, entre nosotros? Rosina ha captado y se ha anticipado a esos conflictos. Los ha poetizado. Como la vida está hecha de la materia de los sueños, Rosina no renuncia a ellos. En ella no declinan ni su amor ni su esperanza. Por eso canta: “Cuando llegue Quetzal /el ave de la libertad /volverás al estallido del rayo /y olvidaremos esta rapsodia”.

Rosina solo canta con genio lo que ha sentido en su sangre y en su corazón. En ello sigue la tradición shakespeariana. De ella podría decirse, parafraseando a Valéry que, “entre el vacío y el suceso puro, nos ha ofrendado un eco de grandeza última”.

Si la poesía es una búsqueda infinita de renacimiento, tenemos una nueva Rosina que, vía el sufrimiento, renace a una poesía cada vez más perfecta y comienza a transitar por los caminos de la leyenda.

Para terminar, quisiera decirle a Rosina que, siendo fiel a ella misma, lo ha sido con sus padres; que, pensando en el título de su libro he recordado aquellos hermosos versos de su padre:

“Si pájaro de amor de amor moría

era su amor el ave que volaba…”.

Pero quiero finalizar imaginando a Violeta recordando aquella, tan lejana y tan cercana, tercera carta de amor de Gustavo:

“Vinieron los hijos, ¡quién creyera!,

con un ramo de alegría en cada ojo”.


                                       Alfonso Mendoza Fernández

                                                        Lima, 7 de octubre de 1995

(Agradecida por el análisis del Dr. Alfonso Mendoza Fernández.  Gracias a la actual lectura de Charo Arroyo)
 

Escrito por

Rosina Valcárcel Carnero

Lima, 1947. Escritora. Estudió antropología en San Marcos. Libros diversos. Incluida en antologías, blogs, revista redacción popular, etc.


Publicado en

estrella cristal

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